Hasta siempre, Ronnie James
Lunes, las siete y media de la mañana, camino del trabajo. Extraigo el cedé para cambiarlo por otro y aparece radio tres. Irrumpe en mis oídos y estalla en mi cerebro. Man on the silver mountain, Rainbow, ¡Dio!. El cedé tendrá que esperar. La sorpresa es tan agradable que una sonrisa cruza mi rostro, aun soñoliento, y conduzco disfrutando cada nota, cada frase, cada vibración de la voz del pequeño gran cantante. Termina el indiscutible clásico y espero el comentario del locutor, con curiosidad, a la espera del elogio que merece.
Es elogiado, sin duda, pero habla en el más triste de los pasados y mi corazón da un vuelco. Aminoro la marcha, abatido, y me resigno a la realidad más dura con lágrimas en los ojos.
El gran Ronnie James Dio, falleció el dieciséis de mayo de 2010 a las ocho menos cuarto de la mañana, casi veinticuatro horas antes de esta casualidad radiofónica. Sin duda era el último comentario que quería escuchar después de sonar su voz, sobre todo sabiendo que le habían diagnosticado una grave enfermedad de la que parecía haberse repuesto, continuando una gira maratoniana por todo el mundo.
Porque así era él, incombustible. Incombustible, especial, mágico… y ahora eterno. Estaba hecho de música, y yo de retales de su voz, como de tantos otros con los que he crecido y que han ido impregnando mi alma con sus esencias. Pero Dio era especial, como ya he dicho. Entrañable como ningún otro, heavy, sensible, talentoso, irrevocablemente músico, un animal del directo. Notable influencia en vocalistas que han ido apareciendo siguiendo su estela, confesos de su adoración y respeto por él.
El pionero en sacar los cuernos, un gesto que había visto hacer a su abuela para espantar el mal de ojo, un gesto tan familiar para todos los que llevamos dentro este maravilloso estilo de música. Un gesto del que nos hemos apropiado a lo largo de tantos conciertos, que ha significado tanto en nuestras vidas. Glorificado por muchos; mancillado por otros, profanos sin criterio y sin idea de su significado. Pero no importa que algunos insulten este símbolo, por encima de la ignorancia siempre nos quedará su voz en infinidad de grabaciones, discos míticos, conciertos que permanecerán indelebles en la memoria de los que hemos tenido la suerte de compartir una noche con su magia en el escenario. Siempre nos quedará saber que es y será irremplazable, que nadie ha trabajado más que él por los que le siguen, que lo dio todo por la música hasta el final.
Ronnie James Dio nos ha dejado siendo ya un mito, un referente, un padre en lo musical de todos aquellos que nos iniciamos hace ya tantos años en esta sana adicción.
No puedo evitar sentirme invadido por un profundo pesar. Pero sé que amainará cada vez que escuche tu voz, cada vez que vea tu arcoíris en la oscuridad.
Larga vida al rock and roll, larga vida a tu recuerdo, pequeño elfo…
A.MORENO
El Termómetro
La universalidad de un concepto tan íntimo como la estupidez
No os necesitamos más. No queremos ser partícipes de esta pseudo-investigación sociológica. Hace ya años que nos cansamos de vuestras inmundicias, de hecho, quedamos hastiados ya desde la primera vez que tuvimos que sufrir por vuestra parte el azote de los instintos más primarios del ser humano: morbo, sed de venganza, comodidad neuronal, pretensiones de vivir otra vida sin tener que esforzarse en vivir la propia…
Es tan triste veros tratando de evocar el más mínimo ápice de sentimiento, de interés por los demás, cuando realmente la mentira es tan gorda que no cabe en vuestra enorme boca.
Son ya once años, once largas temporadas oyendo frivolidades, viendo pasear vuestros futuros cadáveres idiotizados, irradiados por la luz que desprende el color del dinero y el brillo de la pintura metalizada de un lujoso coche nuevo y sin matricular. Once veces desplazados por vosotros, once veces marginados por hacer dividir a la población entre los que están dentro y los que están fuera del circo.
Once años de Gran Hermano, once años de concursantes de no se sabe muy bien qué juego y once años observando como miráis el concurso, embobados, tratando de formar parte de su vacía idiosincrasia; once años soportando como os otorgáis la potestad de idolatrar o crucificar a un completo desconocido, dos mil nueve años después de que unos tipos que creían en los dioses de otro hicieran lo mismo con ese otro tipo que decía que era el hijo del único y verdadero todopoderoso. En ambas situaciones me invade la risa, pero también la pena y la desidia. Saber que el todopoderoso es un tubo de imagen o una pantalla líquida no me da esperanzas para convertirme a estas alturas, es más, refuerza mi ateísmo pero sobre todo fortalece el escepticismo que profeso a esta humanidad nuestra.
A.MORENO
No tan micro (relato)
La magdalena (primera parte)
A las seis de la mañana todavía debía atender mis obligaciones de taxista, aguardando en la avenida a que algún exceso de alcohol levantara la mano en señal de llamada. Estaba obligado a detener el taxi y esperar pacientemente a que el borracho se desparramara por los asientos traseros y dijera en una lengua incomprensible la dirección en la que quería que dejara su cadáver. Estaba acostumbrado al noble arte de la traducción porque en un tiempo atrás yo también fui viajero nocturno hasta que una madrugada alguien me cedió su taxi, que yo recibí como quien recibe una herencia; poniéndole flores al difunto y dispuesto a hacer todo lo contrario con su vehículo a lo que él hubiera querido.
Mientras el taxi fue de su primer dueño, a él no se subieron ni prostitutas ni religiosos , pero cuando yo heredé el armazón amarillo y negro y empecé a ejercer si licencia para hacerlo, las dueñas del placer encontraron en mí una especie de conductor oficial que las recogía y las llevaba hacia el olvido en mitad de la noche. En cuanto a los clérigos, mientras Dios no se metió en mis asuntos, yo no me metí en los de sus empleados.
Había paseado en el taxi a muchas señoritas con náuseas y falda corta, pero jamás me habían cobrado la carrera ellas a mí. Sin embargo, aquella noche sería yo el que pagara.
La Magdalena era nueva en el Raval. Hacía una semana que yo no pasaba por allí. Había estado de vacaciones en Cadaqués, visitando a la familia y subiendo a Portlligat por las tardes para mejorar mi nivel de alemán entre los jubilados germanos. Al regresar a Barcelona, como siempre, visité la Boquería, compré algo de fruta y pescado y me encerré en mi piso a dormir durante horas. Aletargado en la cama me rehice a la ciudad y perdí todo el alemán aprendido en el Cabo de Creus.
Por la noche volví al trabajo. Había ido a hacer un servicio en la Plaza de España, cuando sonó mi teléfono móvil. Siempre llevo activado el manos libres, así que atendí la llamada de inmediato. Una voz de mujer se abrió paso al otro lado de la línea telefónica sin recibir respuesta alguna por mi parte.
- Chófer, tienes que volver al Raval esta misma noche. Las chicas no dejan de preguntarme por ti. Ya les he dicho que habías estado en la playa viendo la casa de Dalí y tostándote al sol rodeado de jubilados alemanes. Bueno, también les he dicho que había algún inglés. Tú siempre dices eso, ¿no? – la mujer esperó un par de segundos y continuó con su monólogo- En fin, cari, que estas putas quieren verte. Bueno, y yo también. Ya sabes que yo siempre te echo de menos. Por cierto, ha llegado una chica nueva. Es africana, viene de París, una auténtica pantera de la selva. Ayer nos fuimos las dos juntas con el mismo tipo y la muy puta folla mejor que yo. ¿Te lo puedes creer?
No sabía si creérmelo o no, pero me picó la curiosidad. Detuve el taxi realizando una maniobra que rozaba la ilegalidad y desconecté el manos libres, incluso me salí del coche para atender la llamada, no porque me avergonzara que mi cliente, un japonés que tenía nivel cero de castellano y negativo de catalán, pudiera escuchar aquella conversación, sino porque yo mismo me avergonzaba de lo que iba a responder.
- Tengo que probar a esa chica.
- ¿Tú? Collons, nen. Si tú nunca te has ido con una puta. ¿Estás bien?
- Perfectamente- dije y colgé.
Dilaté mi visita al Raval todo lo que pude, pero al final sucumbí a la tentación. A las seis de la mañana pasé del borracho de turno y aceleré dejándole atrás escuchando como me llamaba Fill de puta con un acentazo catalán que parecía forzado.
Había estado allí muchas veces, aunque nunca había pagado por acostarme con ninguna de aquellas chicas. Yo sólo me limitaba a recogerlas y llevarlas a sus casas. Algunas compartían piso. Siempre les hacía un precio especial. Me había pasado horas en el taxi pensando en esa pantera africana de la que Paz me habló por teléfono.
Paz era la jefa de las putas. Al menos, así lo era para mí. No por ser la más vieja ni la más joven, tampoco por ser la más guapa ni la más fea. Quizás porque decían que era la que mejor follaba. La llamaban Paz porque primero daba paz y después gloria, pues decían sus clientes que descansar sobre sus caderas tras haberse corrido en su vientre era como subir al cielo.
Paz me recibió con un beso en la boca. Era su modo habitual de saludarme, a pesar de que sabía que me molestaba. Una a una fui saludando a las chicas, algunas salieron de los coches de los clientes de turno y vinieron corriendo a abrazarme con las bragas por las rodillas o, directamente, sin bragas. Tanta admiración por mí, “el chófer”, me puso nervioso, pero al fin se acabaron los abrazos y Paz espantó a la manada haciendo valer su condición de jefa.
- Es esa – me dijo refiriéndose a una negra espectacular que paseaba su bolso entre la larga fila de coches que sólo pasan por el Raval para mirar-.
- Quiero una cita con ella.
- Una cita? Què dius d’una cita. És una puta. No te la vas a lligar. Pagues i cardes. Així de simple.
- ¿Pago y follo? Así de simple. Supongo que sí. No sé cómo funcionan estas cosas.
- Tú déjame a mí, perdulari.
- Tú sí que eres golfa.
Paz habló con la negra y regresó hacia mí.
- Métete en el taxi.
Me metí en el taxi y ella volvió a darme otra orden.
- Dame cincuenta euros… Cinquanta euros, nen. No em miris així… la noia val més.
Yo ya sabía que la chica valía más de cincuenta euros, como también sabía que Paz sólo hablaba en catalán siempre que se le alteraba el ánimo.
Mi única duda era saber si yo sería capaz de parar mi coche junto a sus caderas. Aquella noche decidí poner a prueba mi condición humana.
continuará…
José Ibáñez
Quien se acuesta con monstruos…
Game Over
(Una bala para su con[s]ciencia)
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En el salón de su casa, un crío de nueve años acaricia ensimismado los botones de su mando analógico e inalámbrico. La edad es escasa, pero la soltura es impresionante; la precisión, impecable. Su madre no se lo pensó dos veces antes de regalarle aquel violento juego en el que la estrategia de guerra y las crueles nubes rosas estaban tan presentes. Solo disponible para X Station, reza la cubierta; +18, se resalta en rojo.
Mientras la madre discurre frente a los fogones, el insensible crío visualiza la escena. Azotea poco iluminada, calles tranquilas, la anterior fase en guerra abierta queda atrás en su memoria. Pasa a la visión subjetiva y observa la puerta de un restaurante. Se le abre el apetito, el dulce aroma que proviene de la cocina alcanza su pituitaria y siente hambre, pero el juego es adictivo. Si consigue eliminar al objetivo desbloqueará nuevas opciones para la próxima partida. En el tráiler del juego aparece el heroico protagonista asestando certeros balazos de 15 mm en las sienes de diversos caciques y dictadores militares. El laureado francotirador de la saga se hace viejo, pero parece que la edad no pasa por su atlético y fibroso cuerpo. La resolución es apabullante, la consola de tercera generación consigue un “excelente” en el apartado gráfico del análisis en la revista Supergame. El juego es realista, demasiado. Demasiado para un niño. Pero él disfruta de esos momentos previos a la cena. De pronto, su madre, con voz firme pero no autoritaria, exclama desde la cocina que la cena está lista. Voz en grito, pulsa el botón de pausa y da un salto desde el sillón.
Fundido en negro
Todo vuelve a la normalidad.
En la azotea de un alto edificio un soldado despierta de su absorta ensoñación al sentir el frío cañón de un rifle enemigo en la nuca. El francotirador hubiera deseado estar hecho de píxeles y polígonos
A.MORENO
Me buscas y me encuentras
Las mil y una noches de la danza del vientre
El lunes, 19 de enero, Me buscas y me encuentras viaja a Oriente para traerse toda la magia del mundo árabe. José Ibáñez dirige y presenta el capítulo veintiseis, titulado Las mil y una noches, junto a las voces inconfudibles de Reyes Aguilar, Laura Montes, Macarena Diana y Pepe Oropesa.
El Coloquio versará en torno a Las mil y una noches, siendo la primera vez que esta parte del programa se dedique en exclusiva a un único libro. A través de la radio, renacerá el espíritu de Sherezade.
En la entrevita, la protagonista será la bailarina y profesora de danza del vientre Neferet, que presentará en exclusiva su espectáculo multimedia ORIENTE URBANO (31 de enero en Sala El Cachorro, Calle Procurador 19, Sevilla).
Ya lo sabes, este lunes, tienes una cita con Oriente en Me buscas y me encuentras.

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