Archive for Diciembre 2007
Feliz 2008
Desde el centro neurálgico de Lamaquina (véase el salón de mi casa) deseamos a nuestros fieles seguidores, y también a los infieles, un muy feliz año 2008 lleno de literatura, amor, paz, sexo, ternura, alcohol (con moderación), interesantes cruces de miradas con desconocidos, sutiles caricias, viajes, descubrimientos, crecimiento personal, cine, música (regeatton no, por favor) y todo lo que a ustedes les guste.
Hagánnos el favor de sonreírle a la vida.
2 comments 31 Diciembre 2007
Literatura en Radio Betis (89.6 FM)
viernes, 28 de diciembre de 2007 a las 11.00 horas, José Ibáñez entrevista a A. Moreno. LA MAQUINA DE ESCRIBIR se reúne en Radio Betis.
2 comments 28 Diciembre 2007
Canción/Reacción

(Sittin’ On) The Dock Of The Bay, de Otis Redding
Sentado en el muelle, la bahía se me hace más y más extensa cuanto más la miro. En el agua se esbozan las figuras de todas las mujeres que han pasado por mi vida. Y algunas son olas embravecidas que golpean los maderos con la intención de hacerme caer y atraparme en su seno. Otras son el murmullo que acaricia la orilla y no se cansa de deslizar hasta tierra firme conchas y algas para regalarme.
El mar me contempla siendo yo un niño, sentado, balanceando los pies sin una razón lógica. Me mira desde su magnificencia de miles de millones de años y me siento un niño grande. Pero luego termina mi viaje al recuerdo y me siento un hombre pequeño, insignificante, como una de esas conchas que esperan a ser recogidas.
El mar…
Lo cierto es que me asusta su grandeza, la inmensidad de ese gran monstruo legendario cuyo descomunal cuerpo es un caldo de cultivo. Un ser ancestral tan gigantesco que permite que habiten en su interior todo tipo de seres, algunos tan antiguos como él, algunos tan feroces como él.
Sigo, embelesado, el balanceante vuelo de las gaviotas. Se fijan en mí por un instante y creo verlas sonreír, o quizá sea la forma de su pico, proclive a la sonrisa, que fue diseñado para transmitir tranquilidad y reposo. Me sobrevuelan quietas en el aire, como decenas de cometas sujetas por las manos de decenas de niños invisibles cuyas risas se escuchan a través del gorjeo de las argénteas aves. Su balanceo y el vaivén del mar parecen sincronizados en un ballet que llevan improvisando desde que el mundo es mundo y me vuelvo por momentos el más ferviente aficionado.
Cae la tarde y vamos quedando solos, las gaviotas, el mar y yo. Nos resistimos a abandonar el muelle. El mar continúa besando mis pies con sus interminables chapoteos, gotas como labios que son la prolongación de esas olas que de nuevo forman una silueta de mujer. Pero las gaviotas me ofrecen por última vez la música que mis oídos quieren oír y poco a poco van retirándose a sus secretos aposentos, ocultos en la inminente noche.
A lo lejos, los últimos de mis semejantes me abandonan y me dejan solo frente al monstruo. Se va volviendo más oscuro conforme el incauto Sol se adentra en unas fauces que lo engullen sin piedad. La última dentellada es voraz y el interior de la gran bola de fuego se desparrama en el horizonte dejando sobre la superficie la anaranjada sangre de la víctima. No se repondrá hasta dentro de muchas horas, hasta que en algún lugar del mundo sea vomitado de nuevo hacia el cielo; crimen y reencarnación sin castigo ni doctrinas. Al fin me veo a solas con él. Ya no distingo figuras femeninas, ni puedo ver los presentes en la orilla. Ahora solo veo negrura infinita y me sigue asustando, me aterra, pero estoy enamorado de sus resplandecientes olas cuando la mañana las dibuja para mí. Y me quedo sentado en el muelle de la bahía, viendo sin ver, intuyendo lo que el día me ha ofrecido y lo que, sin duda, volveré a contemplar, retrasando el momento de regresar a casa y soñar con las mareas.
ANTONIO MORENO
7 comments 27 Diciembre 2007
Al filo de la madrugada
El hormigón contra la infancia
Mi infancia son recuerdos de un descampado del Aljarafe. Las tardes después de la siesta, nuestras madres nos bajaban a la calle y a penas superado el metro y medio de altura ya estábamos estrellando balonazos contra la pared del Hogar del Pensionista, o los viejos como lo llamábamos nosotros, salvo los jueves que íbamos a romper la pelota con fuerza contra la puerta del bar Baquero, que cerraba y sigue cerrando a mitad de semana, menos cuando el hijo del propietario del bar venía a jugar con nosotros.
Yo empecé a jugar antes de saber contar sin la ayuda de los dedos y seguí jugando cuando mis amigos se fueron. Ellos abandonaron el fútbol de calle por los recreativos primero y más tarde, las discotecas. Pero yo me quedé a darle patadas al balón con la generación que venía detrás. Era como un veterano de guerra. Me resistía a dejar el sitio en el que había crecido. Así que seguí pegado a una pelota que fue pasando de Adidas a Nike, y que a veces llevó el escudo del Betis, del Sevilla e incluso del Barça. Pasaron los años y tomé conciencia de mis negadas cualidades para el balompié. Supe cuan malo era con la derecha, por otra parte, mi pierna buena.
Seguramente salí del descampado de los viejos en el mismo momento en el que cambié a Jarabe de Palo por Camarón, mucho antes de cambiar a Camarón por Fito y los Fitipaldis. Allí se quedó mi hermano Alberto, pero no por mucho tiempo. Ahora jugaban los primos pequeños de algún amigo y los hermanos pequeños de los amigos de mi hermano Alberto. Jugaban, digo, porque clausuraron el campo. Los infantes actuales de mi barrio se han quedado sin un descampado acorde a las dimensiones del fútbol de calle en el que un día se enfrentan cuatro y el portero, cinco, no más de seis, se disputan triangulares, alemanas, reinas y defensivas. Nosotros jugábamos hasta al beisbol-pie mucho antes de que los pijos inventaran el fútbol-tenis.
Pero eso era antes. Hace unos meses colgaron un cartel en el descampado y ya han empezado las obras. El barrio pijo de mi pueblo -donde a mí me gustaría vivir, no nos engañemos- ha posado sus tentáculos sobre un terreno que creíamos nuestro. Una torre de pisos, no tan alta como el edificio en el que yo vivo, se levantará donde los niños jugaban en otro tiempo. Puede que el fútbol sea el opio del pueblo, pero en este caso convendría aclarar que la construcción es el opio de los opiados.
3 comments 23 Diciembre 2007
Quien se acuesta con monstruos…
Demasiado viejo para seguir siendo fontanero
Llegué sin saber cómo a aquel lugar, perdido de la mano de Dios. Un enorme tobogán pestilente me dejó allí, cubierto de mierda de quién sabe dónde. Aparecí al otro lado, confuso, contuso, maltratado por aquel interminable tubo. Cuando tomé conciencia me percaté del asunto. Estaba en un mundo desconocido, en una ilusión delirante, pero al parecer era así como debía ser. Caminé unos pasos y comencé a ver las primeras ensoñaciones. Ladrillos en el aire.
¿Qué era aquello? Jamás había visto tal cosa. Me acerqué para comprobar su consistencia. Yo me veía bastante pequeño, me sentía minúsculo, pero sin dudar salté hacia ese pequeño muro suspendido. Me hice daño en los nudillos y me di cuenta de que estaba demasiado duro. De pronto, un extraño ser apareció de la nada, un esperpéntico bichejo con cabeza de seta marrón de la que salían sus irrisorias patas. Caminaba de lado, hacia mí, y no tenía intención de detenerse. Me producía bastante terror, así que, de forma irracional, salté sobre él. Automáticamente, desapareció…
Permanecí allí de pié, extrañado, mirando a mi alrededor, temeroso de que apareciera un nuevo monstruo. Pero solo veía montañas sonrientes y más ladrillos en el aire. Volví a caminar unos metros. Ahora, uno de los objetos suspendidos parecía ser una caja dorada, de un insólito brillo intermitente. Con un poco menos de miedo, volví a saltar y la golpeé. De ella surgió una apetecible amanita de colores vivos. Tras el viaje a través de la gran cañería estaba exhausto y hambriento, así que decidí comerla.
Algo extraordinario comenzó a ocurrir en mi interior. Una fuerza que jamás había sentido afloró en todos mis músculos y noté como empezaron a crecer, noté como empecé a crecer. Cuando esa metamorfosis hubo terminado, miré mis manos. Eran enormes y mucho más fuertes que antes.
Me sentía menos vulnerable. Aquel nuevo estado me produjo curiosidad y, por qué no, ganas de matar más monstruos. Así que corrí hacia delante, con la mitad de miedo, aunque todavía confuso. A lo lejos pude ver varios de aquellos tubos. Esta vez salían del mismo suelo y llegué a intuir que conducían a un inframundo aun más absurdo. De repente, tuve que detener en seco mi carrera hacia la cordura. De una de aquellas tuberías emergía periódicamente una enorme planta carnívora de fauces aterradoras.
Que suerte he tenido al no tropezarme con una de estas cosas durante mi viaje en cañería hasta aquí, pensé. Aquel engendro malvado se asomaba cada varios segundos a dar dentelladas al aire, sin embargo, aun con mi renovado poder, no me atrevía a pasar entre sus dientes.
Así que corrí, pero en la dirección opuesta, bloqueado por el miedo. Corrí sin mirar atrás hasta que topé con un muro invisible que me impedía el paso. Podía ver todo el camino recorrido, pero no podía llegar hasta él. Tras luchar unos segundos contra mi propia impotencia, miré desesperado a mi alrededor. Allí estaba de nuevo. Otra de aquellas brillantes cajas flotantes me desafiaba a ser golpeada. No la hice esperar un segundo, tenía la esperanza de que contuviese una nueva y rica seta. Pero esta vez ocurrió algo diferente. De aquel bloque surgió una flor de tallo verde y pétalos de un naranja que me recordó al fuego. No era nada suculenta, jamás había comido una flor y aquella no iba a ser la primera vez. Pero ejercía una fuerza irresistible sobre mí y me vi obligado a tocarla. En el momento en que rocé su suave superficie una nueva experiencia tomó posesión de mí y de mi cuerpo. Convulsioné y entré en un extraño estado de catatonia en el que pude ver como mi ropa parpadeaba y cambiaba de color durante unos escasos segundos que me parecieron eternos. Tras unos instantes de estupor, conseguí tomar el control de mis músculos.
En cuanto a fuerza física, no aprecié ningún cambio, me encontraba tan vigoroso como antes, pero en mis manos sentía un calor inusual. Intentaba comprender qué nuevo favor me había otorgado aquel brote colorido, fijando mi atención en la palma de mis manos, concentrado en el inusitado brillo candente que desprendían.
De pronto, en mi mano derecha se formó una radiante bola de fuego que, asustado, lancé sin mirar a dónde. Aquel orbe incandescente comenzó a rebotar sin detenerse en su frenético recorrido, reafirmando mi suposición de que el delirio había por fin acabado con el buen funcionamiento de mi cerebro. Sin embargo aquella locura era lo más útil que me había pasado desde que aterricé en aquel mundo.
Me abalancé con una enorme sonrisa bajo mi no menos enorme bigote sobre aquella mata asesina con uno de mis proyectiles en la mano, derrotándola al instante. A partir de aquel momento todo empezó a ir sobre ruedas. Es cierto que perdí el poder en varias ocasiones, pero lo volví a recuperar otras tantas. Por fin capté el sinsentido, lo único que tenía, debía seguir adelante con la precaución de que el ataque de ningún monstruo acabara conmigo. Y así a lo largo de ocho mundos diferentes, cada uno con un clima y una fauna propios. Y en cada uno de ellos un lóbrego castillo custodiado por un gran saurio. Tras derrotarlos uno por uno, liberaba a una especie de hombre-seta que siempre me repetía la misma frase: Lo siento, pero la Princesa está en otro castillo. Hasta que al final del último de los mundos que tuve que visitar, pude rescatar definitivamente a la dichosa princesa. Una pija, una niña de papá que en la intimidad de mi apartamento era una fiera deslenguada y salvaje.
Lo peor, doctor, es que no me ha vuelto a llamar. ¿Cree usted que podré superar todo aquello alguna vez?
A. MORENO
2 comments 16 Diciembre 2007
