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Al filo de la madrugada
El hormigón contra la infancia
Mi infancia son recuerdos de un descampado del Aljarafe. Las tardes después de la siesta, nuestras madres nos bajaban a la calle y a penas superado el metro y medio de altura ya estábamos estrellando balonazos contra la pared del Hogar del Pensionista, o los viejos como lo llamábamos nosotros, salvo los jueves que íbamos a romper la pelota con fuerza contra la puerta del bar Baquero, que cerraba y sigue cerrando a mitad de semana, menos cuando el hijo del propietario del bar venía a jugar con nosotros.
Yo empecé a jugar antes de saber contar sin la ayuda de los dedos y seguí jugando cuando mis amigos se fueron. Ellos abandonaron el fútbol de calle por los recreativos primero y más tarde, las discotecas. Pero yo me quedé a darle patadas al balón con la generación que venía detrás. Era como un veterano de guerra. Me resistía a dejar el sitio en el que había crecido. Así que seguí pegado a una pelota que fue pasando de Adidas a Nike, y que a veces llevó el escudo del Betis, del Sevilla e incluso del Barça. Pasaron los años y tomé conciencia de mis negadas cualidades para el balompié. Supe cuan malo era con la derecha, por otra parte, mi pierna buena.
Seguramente salí del descampado de los viejos en el mismo momento en el que cambié a Jarabe de Palo por Camarón, mucho antes de cambiar a Camarón por Fito y los Fitipaldis. Allí se quedó mi hermano Alberto, pero no por mucho tiempo. Ahora jugaban los primos pequeños de algún amigo y los hermanos pequeños de los amigos de mi hermano Alberto. Jugaban, digo, porque clausuraron el campo. Los infantes actuales de mi barrio se han quedado sin un descampado acorde a las dimensiones del fútbol de calle en el que un día se enfrentan cuatro y el portero, cinco, no más de seis, se disputan triangulares, alemanas, reinas y defensivas. Nosotros jugábamos hasta al beisbol-pie mucho antes de que los pijos inventaran el fútbol-tenis.
Pero eso era antes. Hace unos meses colgaron un cartel en el descampado y ya han empezado las obras. El barrio pijo de mi pueblo -donde a mí me gustaría vivir, no nos engañemos- ha posado sus tentáculos sobre un terreno que creíamos nuestro. Una torre de pisos, no tan alta como el edificio en el que yo vivo, se levantará donde los niños jugaban en otro tiempo. Puede que el fútbol sea el opio del pueblo, pero en este caso convendría aclarar que la construcción es el opio de los opiados.
3 comments 23 Diciembre 2007