Archive for Marzo 2008

El elefante y la libélula

            Cualquier escenario sencillo en el que puedan hablar absurdamente un elefante rosa y su esposo libélula que aspira a convertirse en mariposa de colores, por ejemplo: un bosque tropical en la luna o un océano en mitad del desierto.  

LIBÉLULA: Confiéseme una cosa

ELEFANTE: pregúnteme esa cosa

LIBÉLULA: ¿Es usted homosexual?

ELEFANTE: (extrañado) ¿Se refiere usted a si soy marica?

LIBÉLULA: Exactamente

ELEFANTE: (enfadado) ¿Y a usted qué le importa?

LIBÉLULA: Hombre, entienda que si usted no es homosexual, lo nuestro es imposible.

ELEFANTE: (sorprendido) ¿Es usted un hombre?

LIBÉLULA: Jamás se me hubiera ocurrido tal cosa. No tengo capacidad de raciocinio.

ELEFANTE: (conciliador) Bueno, me refiero a si es usted macho. Es decir, al género.

LIBÉLULA: (risueño) Sí, soy macho. Incluso de sexo. El término de género es tan anglosajón que me produce náuseas.

ELEFANTE: Entonces… (pausa) he de confesarle… (muy seguro) que soy gay.

LIBÉLULA: (sorprendido) ¿Se refiere usted a que es marica?

ELEFANTE: Of course.

LIBÉLULA: No lo había notado.

ELEFANTE: Hombre, no me diga eso. Siendo usted macho y yo también ¿qué pensaba que podía ser yo sino marica?

LIBÉLULA: Un elefante rosa.

ELEFANTE: (alegre) ¡Qué extraordinario! Jamás se me hubiese ocurrido. ¿Es suyo ese pensamiento?

LIBÉLULA: Lo sería si fuera yo un hombre.

ELEFANTE: (admirado) ¿Y no lo es?

LIBÉLULA: (molesto) Ya le he dejado constancia anteriormente de que no lo soy.

ELEFANTE: Perdone usted, es que sufro de memoria de pez.

LIBÉLULA: (sorprendido) ¿Cómo? Siendo usted un elefante, eso es rarísimo.

ELEFANTE: Pero ¿no es extraño también que un elefante sea rosa?

LIBÉLULA: (admirado) Sol mío, ¡qué grandes descubrimientos están hoy produciéndose antes nuestros ojos!

ELEFANTE: (tímido) Bueno, verá…de eso también quería hablarle. Sus ojos…son tan arrebatadoramente hermosos…sus ojos dicen mucho de usted.

LIBÉLULA: ¿Y qué dicen?

ELEFANTE: Se lo diría si supiese leer sus ojos.

LIBÉLULA: ¿Y no sabe?

ELEFANTE: No, y mire que lo he intentado.

LIBÉLULA: Eso es porque me mira usted desde sus ojos y debería meterse dentro de mí para mirar con mis propios ojos. Así podría saber qué dicen mis ojos.

ELEFANTE: (triste) Pero la guerra está mal. Muere mucha gente inocente.

LIBÉLULA: (incrédulo) Pero ¿y mis ojos?

ELEFANTE: Me aburro constantemente si no cambio arbitrariamente de tema.

LIBÉLULA: (interesado) Entonces, sí, hábleme de la guerra.

ELEFANTE: Verá, prefiero…no es por contradecirle, pero prefiero la paz.

LIBÉLULA: Claro, ¿cómo se me habrá ocurrido a mí hablarle de la guerra?

ELEFANTE: Puede ser que yo le haya dado pie.

LIBÉLULA: Podría ser, pero eso es algo que nunca podremos averiguar.

ELEFANTE: ¿Sabe usted que cuando se deja de hablar teniendo miles de ideas pululando por la mente, esas ideas se pierden para siempre? 

LIBÉLULA: (admirado) ¡Que elocuencia la suya!

ELEFANTE: (crecido) Algunos lo llaman retórica.

LIBÉLULA: ¿Y usted cómo lo llama?

ELEFANTE: Decir lo que uno piensa. Si es que un elefante rosa puede pensar.

LIBÉLULA: Pero en eso no consiste la retórica.

ELEFANTE: Pero los oradores no queremos que se sepa en qué consiste la retórica.

LIBÉLULA: Los grandes oradores.

ELEFANTE: Como yo.

LIBÉLULA: Como usted.

ELEFANTE: ¿Comemos?

LIBÉLULA: Prefiero almorzar.

ELEFANTE: Pero ¿no come usted cuando almuerza?

LIBÉLULA: (admirado) He aquí junto a mí un verdadero sabio.

ELEFANTE: (con desprecio) He aquí, perdone que le diga, un ignorante.

LIBÉLULA: Llámame ignorante, confieso que ignoro.

ELEFANTE: Yo ignoraba que usted ignorase.

LIBÉLULA: Pues ya lo sabe.

ELEFANTE: (grandilocuente) Prefiero decir que conozco.

LIBÉLULA: Yo, en cambio, no le conozco a usted.

ELEFANTE: (dejando caer las palabras) Nos hemos visto en un bar.

LIBÉLULA: No, no creo, no suelo ir a esos sitios.

ELEFANTE: Entonces será de otra cosa, de otro lugar y de otro momento.

LIBÉLULA: ¿Sabe qué me apetece?

ELEFANTE: No, pero me gustaría saberlo.

LIBÉLULA: Ir a un bar.

ELEFANTE: (extrañado) Si usted no suele…

LIBÉLULA: Que no suela no significa que no deba.

ELEFANTE: Pues venga, beba.

LIBÉLULA: No me apetece.

ELEFANTE: Cuán raro es usted.

LIBÉLULA: No tanto como usted.

ELEFANTE: Usted no es más que una libélula que sueña con ser mariposa.

LIBÉLULA: Y usted no deja de ser un elefante rosa.

ELEFANTE: (enamorado) ¿Me quiere usted?

LIBÉLULA: (con sentimiento) Le quiero.

ELEFANTE: ¿A pesar de que soy marica?

LIBÉLULA: (decidido) Precisamente por ser marica es por lo que le quiero tanto. 

FIN

JOSÉ IBÁÑEZ

2 comments 23 Marzo 2008

Quien se acuesta con monstruos…

Sin pies ni cabeza

En algún lugar del universo está perdida mi cabeza. Es esa testaruda testa en forma de canasta que antes dormitaba sobre mis hombros. Mis lánguidos hombros los perdí durante una fiesta en Cancún bailando una endiablada salsa. Mi sangre era la salsa que como tabasco corría y ardía por mis venas. Ellas corrieron mejor suerte, se colaron como polizones en un crucero por el Mediterráneo y acabaron en Italia como cuerdas de violín. Mi tronco parecía un violín, o más bien un violonchelo robusto cubierto de vello masculino. Ya que menciono mi masculinidad, sería mejor no hablar de dónde acabó mi malogrado miembro. En la gran ciudad de Nueva York se consume mucho perrito caliente. Yo tuve un perro que ladraba como un neoyorquino sin corazón. Mi corazón acabó en Virginia, según las infames murmuraciones fue devorado sin piedad por un club de lectura femenino. Una fémina encontró uno de mis pies y lo vendió a un coleccionista desalmado. Mi alma viajó durante un par de minutos por un supermercado hasta que se topó con la fémina. Apesadumbrada, mi ánima le pidió mi pie perdido. Ella, que era socia fundadora del club de lectura, sintió pena de mí alma y vomitó mi corazón. Luego me llevó ante el coleccionista y prometió que me ayudaría. Aquel malvado caballero poseía todo cuanto fui: mi cabeza, mi tronco y mis hombros musicales, mi pie, el violín afinado con mis vasos sanguíneos, todo, incluso aquello de cuyo paradero jamás tuve constancia. Tras una larga discusión que mi cabeza siguió atentamente, la fémina vendió mi alma a cambio del resto de mi cuerpo. Con sus amplios conocimientos en el campo de la brujería consiguió devolverme a mi estado original. Y ahora soy suyo, puede hacer conmigo lo que quiera, pues no tengo alma y seré su esclavo para el resto de nuestras vidas.

Ha pasado el tiempo y he terminado acostumbrándome, aunque sin duda, todo aquello fue una situación que desde luego me dejó de una pieza.

A.MORENO

4 comments 22 Marzo 2008


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