Archive for Abril 2008
¿Quién le pone título?
Andan mis piernas por la calle. Yo no voy. Mi alma está desinhibida, casi ausente, mientras mis ojos lejanos no ven más allá de sus párpados. Huelo a whisky, se me cayó algo en el bar. Mi cuerpo sigue a mis piernas, ellas saben el camino hacia el olvido. ¿dónde estás alma? ¿Y tú, ilusión? Tomo una calada del cigarro, debo dejarlo pero ahora el humo hace de espíritu, sienta bien, me hace sentir el pecho. Y pensar que hoy no quería salir, sino lo hubiera hecho no podría ver la luna. ¿Saben qué me gusta de la luna? La noche que la rodea, que la envuelve, que la cobija, y que ella alumbra. Las piernas andan, el cuerpo le sigue y yo estoy en la luna. Sí, existo, sé de mi existencia porque me duele el frío de tu despedida, pero ¿cuántos años tengo? ¿veintiuno, o tantos como la luna? ¡Qué hermoso, vengo de la Luna, de la Tierra, del Universo… y volveré a él! Y es que tengo que morir, no me importa. Aunque algún día mi cuerpo se pudra y sólo queden los restos de mi osamenta, mi esencia se perderá entre la Tierra y esperará de nuevo su brote onírico. ¿Qué es la vida para aquél que está muerto?
Me duele ponerme delante de ti. Me duele tenerte entre mis manos, agarrarte entre mis dedos y no saber decirte ninguna palabra hermosa. Hay tantas cosas que tengo que expresar sobre tu cuerpo que no se si tendré tiempo en toda una vida. A veces me digo a mí mismo que debo dominar la inspiración, y hacerla reflotar solo cuando tú estés presente. Te quiero porque te quiero, y porque sin quererte no sabría querer nada. Me das tu pureza y a cambio yo marco tu cuerpo con retazos de una pintura espesa.
Me duele hablarte y no decirte nada. Me duele suspirar en palabras lo que no supe defender con letras. Hay lugares de tu espíritu que aún no he conocido y que sin embargo, ya quiero. Ponerme delante de ti es enfrentarme a mí mismo. Es una lucha constante, casi heroica, en un intento de reflejar en tu piel los sentimiento que me ahogan el alma. Hay tantas cosas por hacer que no se si tendré tiempo. ¿Qué es el papel para el escritor?
La vida está para amarrarse a ella. La muerte es sólo un descanso. Yo cuando muera quiero ser viento, y viajar. Quiero conocer las entrañas de la madre Tierra, contemplar el cielo sin ser visto. Hay tanta inmensidad en el Universo que me conformo con viajar eternamente en forma de partícula para conocer los secretos de su majestuosidad. ¿Qué es la fantasía para el loco? Las sensaciones que emanan de mi sentimiento me auguran una búsqueda plena. Ya no quiero dejar de contemplar tu belleza, tu armonía insultante. ¿Qué es el cielo para el halcón?
Dionisiaco
4 comments 23 Abril 2008
No tan micro (relato)
La jugada perfecta
Alguien abrió la puerta de la cafetería. Manuel se sobresaltó con el terrible portazo. En su débil cuerpo sesentón el frío de la calle que se coló en el salón fue como una amenaza. Estaba sentado de espaldas a la entrada en la última mesa del interminable pasillo, confinado al anonimato pero, a la vez, abandonando a su suerte, que aquel día parecía ser mala.
El hombre que había abierto la puerta caminó lentamente marcando sus pasos en el suelo con el pequeño tacón de los zapatos negros apenas estrenados. Manuel no pudo verlo, pero intuyó que el hombre que caminaba hacia él estaba cada vez más cerca y que cuando se encontrara a sólo dos pasos de distancia, acercaría la mano derecha hasta su hombro izquierdo. Manuel no hizo nada. Dejó que el hombre pusiera la mano sobre su hombro y entonces creyó oportuno hablar, sabiendo lo que tenía que decir.
-Mi hijo viene mucho por este café.
-En cambio mi padre no lo hace- respondió el hombre al que los rayos del sol habían convertido en una sombra que se proyectaba sobre la mesa-.
El hombre al que Manuel había llamado hijo de forma indirecta se sentó frente al padre con mirada desafiante. Manuel habló de una madre que está tirando, como siempre. Pero su hijo no le había preguntado por la madre, ni siquiera por la familia, sino sólo y exclusivamente le había hablado del dinero que me debes.
La camarera acercó su cuerpo hacia la mesa que compartían el hijo y el padre. Manuel sólo miraba a su hijo mientras le decía dame tiempo. El hijo sólo miraba las piernas de la camarera y tuvo una idea. Tráenos café y tostadas. La cafetería se había quedado vacía a esas horas de la tarde.
La camarera se dio media vuelta. Casi se le vio el culo. Giró la muñeca de forma artificial y perdió el equilibrio de la bandeja. Mientras recogía del suelo el vómito de café y vidrio que había vertido junto a la barra de la cafetería, el encargado se acercó nervioso. Quería saber si iba a ver tiros. La camarera pensaba que sí.
-El hijo le ha dicho al padre que le pague lo que le debe.
-¿Cómo sabes tú que es el padre?- preguntó asustado el encargado-,
-Sólo llamas a una persona papá si es tu padre-.
-¿Lo ha llamado papá?-.
-No, lo ha llamado Manuel-.
El encargado hizo un gesto de no entender nada. La conversación entre la camarera y su superior continuó en un segundo plano. El encargado seguía haciendo preguntas mientras la camarera servía café y controlaba las tostadas. La atención se desvió hacia la mesa en la que el hijo le decía al padre se lo han tragado.
La camarera terminó de recoger el desaguisado del suelo y retornó a la mesa con dos vasos de café y un par de tostadas. Dejó sobre la mesa el café, las tostadas, una tarrina de mantequilla y un par de cuchillos para untar la mantequilla en el pan. Inexplicablemente sintió un deseo irrefrenable de entrar en la conversación muda que mantenían entonces padre e hijo con la mirada.
-No quiero meterme donde no me llaman-dijo la camarera.
El hijo acercó sus labios a los oídos del padre.
-Mi hijo piensa que es mejor que no se meta- respondió el padre limitándose a ser un mero transmisor de las palabras de otro-.
La camarera sintió miedo y se dio media vuelta dispuesta a volver por donde había venido.
-Ya se ha metido- sentenció el hijo en tono amenazador-.
-Mi hijo quiere que usted se dé media vuelta- dijo el padre volviendo a hacer de mensajero-.
La camarera se dio media vuelta. Tras la barra, el encargado seguía aterrado la escena.
El hijo miró a los ojos del padre. Con un manotazo apartó el cuchillo de la mesa. Sacó de un bolsillo de su pantalón una navaja y miró a la camarera mientras dividía el pan en dos mitades exactamente iguales a la vez que decía mi padre siempre me habla de lo difícil que le resulta comerse una tostada entera.
El padre quiso entablar un tono más cordial. Es cierto. Siempre le digo: hijo, no puedo masticar el pan si antes no lo he cortado. Y siguió hablando memeces que ponían más nerviosa aún a la camarera, hasta que el hijo corto de raíz la conversación con un tajo a media altura del muslo derecho de la camarera. La herida era más escandalosa que real. El encargado empezó a llorar tras la barra y se tiró al suelo tratando que se olvidaran de él. La camarera seguía de pie. El hijo no había apartado la navaja del muslo ni los ojos de la camarera, pero hizo un gesto al padre con la palma de la mano izquierda bocarriba.
-Mi hijo quiere que sepa usted que le debo mucho dinero.- El padre se puso trágico-. Cuando usted estaba sirviendo los cafés me ha dicho que si no le devuelvo el dinero inmediatamente la matará a usted primero y después a mí-.
El padre hizo una pequeña pausa para dejar que la camarera soltase una lágrima de espanto.
–También matará al encargado. Eso también me lo ha dicho mientras usted servía el café.-
La camarera empezó a llorar de forma descontrolada. El hijo anotó en una servilleta de papel la cantidad exacta de dinero que el padre le debía. La camarera se acercó a la caja registradora y extrajo el dinero más una cantidad extra que también había sido anotada en la servilleta por el hijo. Con el dinero guardado en una vieja bolsa de tela, se acercó por última vez a la mesa. El hijo volvió a mirar al padre y repitió el gesto que antes había hecho con la mano izquierda.
-Cuando usted estaba sacando el dinero de la caja registradora, mi hijo me dijo que le ordene a usted que se quite las bragas y las deposite en la bolsa junto al dinero.
La camarera se quitó las bragas sin necesidad de desprenderse de la falda corta y las guardó en la bolsa con el dinero. Ya no le quedaban lágrimas.
-También me ha dicho mi hijo que la cantidad extra de dinero que ha sacado de la caja registradora es el pago a su colaboración con nosotros. Mi hijo quiere que le diga que si el encargado no le deja quedarse con ese dinero, volverá para ajustar cuentas con él.
El sol se ocultó tras el edificio de enfrente. La cafetería se quedó en sombra y callada. El hijo se levantó de la mesa. Guardó la navaja en el bolsillo en el que la llevaba cuando entró en el establecimiento y lentamente se acercó a la barra y golpeó el mostrador en señal de llamada. El encargado se levantó susurrando algo que el padre y la camarera no pudieron oír. El hijo sacó una pistola que llevaba escondida bajo la camisa y disparó el arma acertando de lleno en mitad de la frente del encargado. El hombre cayó muerto al suelo. El hijo guardó la pistola en el mismo sitio del que la había sacado. Se dio media vuelta y empezó a caminar en diagonal hacia la camarera. Cuando estuvo a escasos centímetros de su espalda, hizo un gesto como si fuese a hundir la mano izquierda bajo la falda de la camarera, pero no llegó a hacerlo. La camarera se orinó de miedo. El hijo se acercó al padre y le dijo algo al oído.
-Su encargado le ha dicho a mi hijo antes de morir que la matase a usted. Mi hijo no va a hacerlo. Lo que quiere me hijo es que usted y yo nos acostemos.
La camarera se quitó la falda y se tiró sobre la mesa bocabajo. El padre se quitó el cinturón y dio con él un leve toque en las nalgas de la camarera.
-Mi hijo le da las gracias. Dice que ha sido usted muy amable.
El hijo y el padre salieron de la cafetería con el dinero. No tardaron más de media hora en cruzar la frontera. Todo había sido demasiado sencillo.
1 comment 21 Abril 2008