Archive for Mayo 2008

No tan micro (relato)

La bailarina y el poeta

            La bailarina y el poeta se habían conocido en una tarde en la que las mariposas salieron a volar por las calles. El sol de aquella tarde vino de Indonesia para crear entorno a ellos un ambiente aislado en el que nadie podía entrar aunque estuviese en la misma acera. La luna dibujó una terraza de bar en la que la gente comía caracoles pero ellos degustaban auténticos dragones de Komodo. Poco a poco y sin hacer ruido, el mundo se había orientalizado sin perder el olor a azahar de Sevilla. Él empezó a interesarse por la danza del vientre y por dormir sobre el vientre de ella, mientras que la bailarina se vio movida por el impulso de querer conocer sus versos y empezó a tener una visión más surrealista de la vida. Los dos eran bohemios, pero querían contar con otra alma bohemia para compartir ciertas noches.

            Ella había cumplido tres siglos de bondad y de belleza, mientras él caminaba por la segunda centuria de una vida como carpintero hebreo. En  la sonrisa de ambos había un poco de la sonrisa del otro. Aquella noche no llegaron a besarse más que en las mejillas, pero la mano derecha de ella frotó la espalda de él para hacerse con algo de su poesía. A cambio, la bailarina dejó en el poeta un hechizo oriental que milenios antes había usado la reina Cleopatra. El poeta veía a la bailarina como la reina egipcia de su república bohemia. La bailarina estaba empezando a no poder dejar de ver al poeta.

            Una noche volvieron a verse y los besos se movieron en la geografía de sus cuerpos. La primera vez que fundieron sus labios de almíbar en un cóctel de dulzura, él se sintió como un soldado obligado a marcharse. Al menos, volvió pronto. Sólo habían pasado unas horas cuando el poeta regresó al lado de la bailarina vestido de niño. La bailarina tenía el caramelo que él buscaba. Los dos buscaron una forma de dar rienda suelta a aquellas miradas que ya no dejarían de cruzarse sin sonrojar ambas caras. La noche, sin avisar, se convirtió en día en algún momento que pasó desapercibido. El funcionario encargado de vigilar el buen dormir y los sueños dio el visto bueno para que la bailarina y el poeta tuvieran un buen no dormir y pudiesen tocar los sueños con las manos. Desde entonces se repiten las noches azules de estrellas blancas que cruzan sin llamar el techo de un piso circular.

            Ayer los vi sentados en una terraza, tomando cerveza antes de tomarse el uno al otro. Por el cielo vieron pasar un unicornio al que la bailarina se subió para danzar los versos del poeta. Él ya no puede escribir sin pensar en los pies de ella. Cuando la inspiración le falla, maullamos los dos gatos de su reina egipcia y el poeta sabe que la bailarina guarda secretos jeroglíficos en los laberintos de sus majestuosas pirámides. Cuando Oriente se abre para ellos, yo me asomo a la ventana a maullar con las estrellas.

 

José Ibáñez

2 comments 25 Mayo 2008

El pánico absurdo de lo efímero

Limón con canela

Situación: Una piscina climatizada sin agua entre dos montañas nevadas de la Suiza alpina. El señor Stockbauer es un nadador profesional que se prepara para las Olimpiadas. Va vestido con un bañador supersónico de la marca DeSpeedo y siempre mantiene los brazos cruzados por delante del torso o puestos en jarra sobre la cintura. La señora Follonier es gorda y lleva un gorrito de tela ridículo. Su bañador es de comienzos de los años 30, totalmente negro. El señor Stockbauer y la señora Follonier hablan en voz alta mirando al cielo sin fijarse el uno en el otro.

Señor Stockbauer: Soy el señor Stockbauer y me dedico a la natación. Todo el mundo sabe que Suiza es el mejor lugar para practicar la natación porque cuando la nieve se derrite los niños aprenden a chapotear montaña abajo.

Señora Follonier: Soy la señora Follonier y me quiero casar con el señor Stockbauer. A mí me importa un pimiento la natación.

Señor Stockbauer: Debo prepararme para los Juegos Olímpicos. Soy muy estricto con la disciplina. No tengo entrenador porque mi entrenador me daba descansos. Yo entreno siete horas diarias sin descanso. Mark Spitz consiguió siete medallas de oro entrenando cuatro horas diarias con descanso. Yo he tomado la decisión de conseguir quince medallas. Ésta es una decisión importante. Todas las decisiones importantes deben ser tomadas tras una larga deliberación con uno mismo.

Señora Follonier: Yo nunca he decidido nada. Todo lo que he hecho en mi vida ha sido sin pensar. Si me parara a pensar no querría casarme con el señor Stockbauer.

Señor Stockbauer: Cuando gane las quince medallas de oro en los Juegos Olímpicos, regresaré a Suiza y me casaré con una miss. Muchos deportistas extranjeros fijan su residencia en Suiza para evadir impuestos, yo ya estoy aquí. Eso es una ventaja. Hay que saber coger a tiempo las oportunidades.

Señora Follonier: No me preocupé de nacer ni de escoger un sitio en el que hacerlo. Tampoco me preocupo de dónde voy a estar mañana.

Señor Stockbauer: El mañana es lo más importante, porque mañana yo voy a tener quince medallas de oro y voy a estar casado con una miss.

Señora Follonier: No tengo coche ni casa propia. Compré un televisor para entretener a las visitas, pero como nadie viene a visitarme, he pintado en la pantalla del televisor un paisaje idílico lleno de pajarillos y árboles para tener siempre una visión hermosa delante.

Señor Stockbauer: (Mirando a la señora Follonier) He ahí una mujer fea. Voy a acercarme a esa gorda inmunda para que admire mi cuerpo de nadador profesional.

El señor Stockbauer se acerca hasta la señora Follonier y realiza poses de culturista.

Señora Follonier: (tras una carcajada espantosa y haciendo gestos orgásmicos) ¡Uhh, uhh, uhh!

Señor Stockbauer: (con voz grave) ¿Te gusto, gorda? ¿Estoy buenorro? (rodeando a la señora Follonier) Sí, lo estoy. Déjame que te diga que hoy es tu día de suerte. Vas a contemplar y a admirar mi perfecto estilo de crawl.

El señor Stockbauer se tira al suelo y hace ademanes ridículos con los brazos.

Señora Follonier: (en orgásmico tono) ¡Uhh, uhh, uhh! (sin tono orgásmico) ¿No se da cuenta de que no hay agua?

Señor Stockbauer: He decidido nadar sin agua. Conseguiré quince medallas de oro en los Juegos Olímpicos entrenando mi estilo de crawl en el suelo.

Señora Follonier: En los Juegos Olímpicos usted deberá competir dentro del agua.

Señor Stockbauer(sigue nadando en el suelo) Debería usted usar su imaginación.

Señora Follonier: Está loco. La vida es demasiado seria.

Señor Stockbauer: Perdone, señora, pero antes no he podido evitar escuchar su monólogo y parecía una de esas personas despreocupadas que viven felices. ¿Por qué se pone ahora tan seria?

Señora Follonier: Trato de imitarle.

El señor Stockbauer se pone de pie.

Señor Stockbauer: Es bueno que el populacho se fije en los héroes.

Señora Follonier: (recitando en tono infantil) Para cagar

                                                                          sin forzar

                                                                          lo mejor

                                                                          es esperar

Señor Stockbauer: (estupefacto) ¿Qué dice?

Señora Follonier: Hablo de mierda.

Señor Stockbauer: (repulsivo) Eso es asqueroso.

Señora Follonier: Como usted y como todo lo que usted habla, pero yo, al menos, digo las cosas claras.

La señora Follonier sale de escenario meneando su grasiento trasero de manera triunfal, mientras el señor Stockbauer vuelve a tirarse al suelo y hace gestos como si se estuviese ahogando.

TELÓN

José Ibáñez

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No tan micro (relato)

La noche de los escritores

 

            Las noches de luna llena los escritores encerrados de por vida soñaban con volver a crear personajes en un mundo de fantasía que les ayudase a olvidar la cruda realidad en la que vivían. La dictadura del analfabetismo les había condenado a cadena perpetua sin que nadie lo supiera. Habían sido privados de todo material necesario para la escritura. Cuando cada uno de ellos fue apresado y conducido al centro de reclusión de alta seguridad en el que se irían consumiendo muy lentamente su vida y sus ideas, los oscuros funcionarios de prisiones a los que nadie pudo jamás verles el rostro, decomisaron sus objetos personales. Fueron usurpados y destruidos cientos de lápices, algunas decenas de gomas de borrar que traían los escritores más pobres (casi todos), miles de plumas y estilográficas. A la hoguera fueron arrojados cuadernos de papel, papiros, hojas de bambú y toda suerte de soportes para la narrativa. Siempre se supo (las dictaduras es de lo poco que supieron) que los libros arden realmente bien. Durante los tres meses que tardó el régimen analfabeto en apresar a todos los escritores de la nación Unagrandeylibre, fueron quemadas bibliotecas, derruidos cafés en los que alguna vez hubo presentaciones de libros, cerrados a cal y canto los centros culturales, tapiadas las plazas públicas como si el dictador enano temiese el resurgimiento de la juglaría y el pregón, prohibidas las actas bautismales porque alguien vio poesía en los nombres compuestos, renombradas todas las calles cuya nomenclatura tenía relación con la literatura, aumentado el impuesto sobre el papel e investigado el desarrollo de un soporte de escritura capaz de detectar la creación literaria y proceder, en ese caso, a su autodestrucción inmediata.

            Nadie había escrito nada que se pareciese a un relato en años, cuando una noche de luna llena, desde su celda un escritor sacó a pasear algo más que su mano atrofiada por la inactividad literaria. En el silencio impuesto voluntariamente por los escritores que preferían callar a llorar el infortunio de no poder crear nuevos mundos, alguien dejó de estar de pie pegado a los barrotes con una mano asomando por fuera de la celda como quien alarga los dedos en buscas de libertad y se tiró al suelo bocarriba. Al principio cualquiera que hubiese pasado por allí y hubiese visto al reo bocarriba obnubilado mirando al techo, no habría notado nada extraño, pero cuando aquel ser subversivo en su silencio eliminó el techo de su campo de visión e insertó en él un cielo estrellado en el que reservó un espacio privilegiado para la luna llena, cualquiera que hubiese pasado por allí hubiese sido capaz de apreciar que sin escribir nada, alguien estaba creando literatura.

            El funcionario de prisiones sin rostro número uno se acercó a la celda del opositor al analfabetismo dictatorial y aporreó con su porra reglamentaria los barrotes de la mazmorra. El escritor no dijo nada, pero el funcionario pudo ver en sus ojos que había sido capaz de derribar también las paredes y edificar en su sitio un desierto de arena. El funcionario de prisiones sin rostro número dos, mucho más alto, mucho más severo, mucho más analfabeto que el número uno, aporreó los barrotes de la jaula con su porra reglamentaria. Voy a escribir durante horas. La declaración de intenciones del escritor que no tenía nada a su alcance para escribir no sonó a broma a oídos de los dos funcionarios de prisiones. Aquellos dos hombres puestos allí por el Gobierno reconocieron el verdadero alcance de la amenaza. A pesar de todo, el funcionario de prisiones sin rostro número dos quiso disimular y persuadir al recluso. No puedes escribir por dos razones: razón primera, está prohibido; razón segunda, no tienes nada con lo que puedas escribir. El escritor sonrió henchido de felicidad. Voy a escribir durante horas, pero no voy a tocar el papel que no existe, voy a dejar que el papel me toque a mí. Voy a escribir sin mover un dedo ni usar un bolígrafo. No necesito ordenadores ni lápices. Todo lo que me hace falta está aquí dentro. Esto último lo dijo señalándose la cabeza con el dedo índice derecho. 

            El funcionario de prisiones sin rostro número uno abrió la reja de la celda y alzó la porra reglamentaria antes de hacerla golpear repetitivamente contra el cuerpo del recluso subversivo.

            Al recibir el primer golpe de porra en el vientre, el escritor dijo en voz alta. Yo conocí un mundo en el que algunos hombres escribían y había otros a los que les gustaba leer. Entonces, la rebelión se extendió hacia la celda de enfrente de la que salió una voz que decía. Y en ese mundo estuve yo. Yo escribí en ese mundo. El hombre que ahora había hablado era moreno de piel y vestía una camisa blanca que había creado con su imaginación y con la que tapaba el uniforme gris de preso del Estado. El funcionario de prisiones sin rostro número dos se acercó a su celda apuntando con su fusil no reglamentario al hombre que se había puesto de rodillas y tenía abiertos los brazos. Mátame como se mata un dos de mayo. Dijo el escritor de la camisa blanca que no existía más que en su imaginación. El funcionario de prisiones sin rostro número uno oyó tras de sí el disparo del fusil de su compañero de trabajo y supo lo que tenía que hacer. Dejó de emplearse en el castigo corporal al que estaba sometiendo al primer escritor y se dirigió hasta el teléfono de la cárcel que llevaba veinte años colgado en la misma pared del fondo del pasillo, descolgó el teléfono, hizo girar la rueda marcando el número que sabía de memoria, esperó a que hubiera línea y a que alguien atendiese la llamada, oyó una voz al otro lado a la que contestó. Funcionario de prisiones número uno de la cárcel de escritores, obviando el dato de que era un hombre sin rostro. Páseme con su excelencia el Jefe del Gobierno. La persona que había contestado al teléfono accedió a su petición. El Jefe del Gobierno respondió desde el otro lado de la línea telefónica. Su excelencia, ha ocurrido. Un largo silencio se prolongó incómodamente hasta que el Jefe de Gobierno exigió. Aclare usted la situación, funcionario de prisiones número uno. Debíamos haber tenido en cuenta algo que dejamos pasar por alto. El Jefe del Gobierno reclamó al funcionario de prisiones sin rostro número uno que se dejase de rodeos. Debíamos haber prohibido también la imaginación. Esta noche he visto a un francés dispararle a un compatriota. Ahora recuerdo a Goya y también los libros que leí antes de que su excelencia diese el golpe de Estado que esta nación necesitaba. Su excelencia, hoy alguien ha escrito y no hemos podido evitarlo. Una fisura amenaza la estabilidad analfabeta de la nación.

            Desde el suelo, escupiendo sangre, el primer escritor sonreía a pesar de haber perdido dos piezas de su, ya de por sí, maltrecha dentadura. Hoy alguien me ha golpeado, pero no ha podido evitar que yo escribiese.

 

José Ibáñez

1 comment 17 Mayo 2008

Para los que van con prisa

El uso de los posesivos

El hijo llegó a casa de sus padres, abrió la puerta y se encontró de frente con la madre. Mamá, dijo. Me he comprado estos botines que te han costado 100 euros.

La madre se dio media vuelta, se dirigió hasta la habitación principal y le dijo a su marido que estaba tirado en la cama viendo la televisión Tu hijo se ha gastado 100 euros en unos botines que tenemos que pagar nosotros.

                                                                    -

Licenciado en periodismo

Ramírez, le presento a su nuevo jefe, dijo el director del periódico.

Ramírez pensó toda la tarde en aquella frase sin decir nada hasta que su nuevo jefe confesó Yo estudié física, ¿qué carrera tiene usted, Ramírez?

Ramírez se tragó las lágrimas y respondió Soy licenciado en periodismo. Y prefirió no hacer ningún comentario acerca del intrusismo laboral.

José Ibáñez

3 comments 13 Mayo 2008

Microbiopsias de un córtex semihumano

Dossier nº 1

Rimar ya no resulta divertido. Creo que optaré por la prosa. Entonces, George W. Bush cogió su pluma y puso una equis bajo su penúltima declaración de guerra.

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En el inexorable devenir del tiempo, se detuvo a pensar sobre el futuro. Pero se dio cuenta, tarde, de que ya estaba muerto

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Siempre tuvo pánico a las agujas, pero delante del alcaide y el senador contuvo la pataleta.

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Lucha, lucha conmigo si eres hombre. Probarás el sabor de tu sangre ahora que estás hastiado de la mía. Y que sea la guadaña de la parca la última de tus visiones si en un destello de arrojo se te ocurre quitarme el mando y cambiar de canal.

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La luz de la estancia no dejaba distinguir formas más allá de nuestros cuerpos. Sin demora, me entregó el antiguo volumen haciendo pasar la lengua entre sus labios lascivos, de la misma forma en la que una serpiente husmea el aire. Me vi oprimido por una tensión desconocida, no podía dejar de mirar a aquel extraño ser mientras sopesaba en mis manos el objeto de su admiración, ese objeto que le daba un poder invisible y desproporcionado.

Cuando terminó de deslizar sus finos dedos por la encuadernación, puso las manos una sobre la otra cerca de su pecho y con una sonrisa casi malévola esperó a que leyera el título. Sin apartar la mirada agarré un candelabro y lo acerqué al legajo.

“Sagrada Biblia” rezaba la portada. Sin más, le devolví presto el libro, y con mucho cuidado de no tropezarme, salí de allí como alma que lleva el diablo…

Antonio Moreno

2 comments 11 Mayo 2008

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