No tan micro (relato)
17 Mayo 2008
La noche de los escritores
Las noches de luna llena los escritores encerrados de por vida soñaban con volver a crear personajes en un mundo de fantasía que les ayudase a olvidar la cruda realidad en la que vivían. La dictadura del analfabetismo les había condenado a cadena perpetua sin que nadie lo supiera. Habían sido privados de todo material necesario para la escritura. Cuando cada uno de ellos fue apresado y conducido al centro de reclusión de alta seguridad en el que se irían consumiendo muy lentamente su vida y sus ideas, los oscuros funcionarios de prisiones a los que nadie pudo jamás verles el rostro, decomisaron sus objetos personales. Fueron usurpados y destruidos cientos de lápices, algunas decenas de gomas de borrar que traían los escritores más pobres (casi todos), miles de plumas y estilográficas. A la hoguera fueron arrojados cuadernos de papel, papiros, hojas de bambú y toda suerte de soportes para la narrativa. Siempre se supo (las dictaduras es de lo poco que supieron) que los libros arden realmente bien. Durante los tres meses que tardó el régimen analfabeto en apresar a todos los escritores de la nación Unagrandeylibre, fueron quemadas bibliotecas, derruidos cafés en los que alguna vez hubo presentaciones de libros, cerrados a cal y canto los centros culturales, tapiadas las plazas públicas como si el dictador enano temiese el resurgimiento de la juglaría y el pregón, prohibidas las actas bautismales porque alguien vio poesía en los nombres compuestos, renombradas todas las calles cuya nomenclatura tenía relación con la literatura, aumentado el impuesto sobre el papel e investigado el desarrollo de un soporte de escritura capaz de detectar la creación literaria y proceder, en ese caso, a su autodestrucción inmediata.
Nadie había escrito nada que se pareciese a un relato en años, cuando una noche de luna llena, desde su celda un escritor sacó a pasear algo más que su mano atrofiada por la inactividad literaria. En el silencio impuesto voluntariamente por los escritores que preferían callar a llorar el infortunio de no poder crear nuevos mundos, alguien dejó de estar de pie pegado a los barrotes con una mano asomando por fuera de la celda como quien alarga los dedos en buscas de libertad y se tiró al suelo bocarriba. Al principio cualquiera que hubiese pasado por allí y hubiese visto al reo bocarriba obnubilado mirando al techo, no habría notado nada extraño, pero cuando aquel ser subversivo en su silencio eliminó el techo de su campo de visión e insertó en él un cielo estrellado en el que reservó un espacio privilegiado para la luna llena, cualquiera que hubiese pasado por allí hubiese sido capaz de apreciar que sin escribir nada, alguien estaba creando literatura.
El funcionario de prisiones sin rostro número uno se acercó a la celda del opositor al analfabetismo dictatorial y aporreó con su porra reglamentaria los barrotes de la mazmorra. El escritor no dijo nada, pero el funcionario pudo ver en sus ojos que había sido capaz de derribar también las paredes y edificar en su sitio un desierto de arena. El funcionario de prisiones sin rostro número dos, mucho más alto, mucho más severo, mucho más analfabeto que el número uno, aporreó los barrotes de la jaula con su porra reglamentaria. Voy a escribir durante horas. La declaración de intenciones del escritor que no tenía nada a su alcance para escribir no sonó a broma a oídos de los dos funcionarios de prisiones. Aquellos dos hombres puestos allí por el Gobierno reconocieron el verdadero alcance de la amenaza. A pesar de todo, el funcionario de prisiones sin rostro número dos quiso disimular y persuadir al recluso. No puedes escribir por dos razones: razón primera, está prohibido; razón segunda, no tienes nada con lo que puedas escribir. El escritor sonrió henchido de felicidad. Voy a escribir durante horas, pero no voy a tocar el papel que no existe, voy a dejar que el papel me toque a mí. Voy a escribir sin mover un dedo ni usar un bolígrafo. No necesito ordenadores ni lápices. Todo lo que me hace falta está aquí dentro. Esto último lo dijo señalándose la cabeza con el dedo índice derecho.
El funcionario de prisiones sin rostro número uno abrió la reja de la celda y alzó la porra reglamentaria antes de hacerla golpear repetitivamente contra el cuerpo del recluso subversivo.
Al recibir el primer golpe de porra en el vientre, el escritor dijo en voz alta. Yo conocí un mundo en el que algunos hombres escribían y había otros a los que les gustaba leer. Entonces, la rebelión se extendió hacia la celda de enfrente de la que salió una voz que decía. Y en ese mundo estuve yo. Yo escribí en ese mundo. El hombre que ahora había hablado era moreno de piel y vestía una camisa blanca que había creado con su imaginación y con la que tapaba el uniforme gris de preso del Estado. El funcionario de prisiones sin rostro número dos se acercó a su celda apuntando con su fusil no reglamentario al hombre que se había puesto de rodillas y tenía abiertos los brazos. Mátame como se mata un dos de mayo. Dijo el escritor de la camisa blanca que no existía más que en su imaginación. El funcionario de prisiones sin rostro número uno oyó tras de sí el disparo del fusil de su compañero de trabajo y supo lo que tenía que hacer. Dejó de emplearse en el castigo corporal al que estaba sometiendo al primer escritor y se dirigió hasta el teléfono de la cárcel que llevaba veinte años colgado en la misma pared del fondo del pasillo, descolgó el teléfono, hizo girar la rueda marcando el número que sabía de memoria, esperó a que hubiera línea y a que alguien atendiese la llamada, oyó una voz al otro lado a la que contestó. Funcionario de prisiones número uno de la cárcel de escritores, obviando el dato de que era un hombre sin rostro. Páseme con su excelencia el Jefe del Gobierno. La persona que había contestado al teléfono accedió a su petición. El Jefe del Gobierno respondió desde el otro lado de la línea telefónica. Su excelencia, ha ocurrido. Un largo silencio se prolongó incómodamente hasta que el Jefe de Gobierno exigió. Aclare usted la situación, funcionario de prisiones número uno. Debíamos haber tenido en cuenta algo que dejamos pasar por alto. El Jefe del Gobierno reclamó al funcionario de prisiones sin rostro número uno que se dejase de rodeos. Debíamos haber prohibido también la imaginación. Esta noche he visto a un francés dispararle a un compatriota. Ahora recuerdo a Goya y también los libros que leí antes de que su excelencia diese el golpe de Estado que esta nación necesitaba. Su excelencia, hoy alguien ha escrito y no hemos podido evitarlo. Una fisura amenaza la estabilidad analfabeta de la nación.
Desde el suelo, escupiendo sangre, el primer escritor sonreía a pesar de haber perdido dos piezas de su, ya de por sí, maltrecha dentadura. Hoy alguien me ha golpeado, pero no ha podido evitar que yo escribiese.
José Ibáñez
Entry Filed under: General, Relatos. Etiquetas: cárcel, dictadura, escritores, franco, josé ibáñez, libertad, libertad de expresión, literatura inédita, microrelato, pinochet, Poesía, relato breve, sevilla, surrealismo, surrealismo bohemio.
1 Comment Add your own
Leave a Comment
Some HTML allowed:
<a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>
Trackback this post | Subscribe to the comments via RSS Feed
1.
amoreno | 18 Mayo 2008 at 7:49 pm
Conocí este relato en su estado embrionario y ya me impresionó. Ahora que es adulto y me dice las cosas sin balbuceos, me cae incluso mejor. “Ere un mostro”, ojalá nunca nos encontremos en la situación de tus personajes y ojalá que nunca tengamos que enfrentarnos al peor de los censores, nosotros mismos.