No tan micro (relato)

25 Mayo 2008

La bailarina y el poeta

            La bailarina y el poeta se habían conocido en una tarde en la que las mariposas salieron a volar por las calles. El sol de aquella tarde vino de Indonesia para crear entorno a ellos un ambiente aislado en el que nadie podía entrar aunque estuviese en la misma acera. La luna dibujó una terraza de bar en la que la gente comía caracoles pero ellos degustaban auténticos dragones de Komodo. Poco a poco y sin hacer ruido, el mundo se había orientalizado sin perder el olor a azahar de Sevilla. Él empezó a interesarse por la danza del vientre y por dormir sobre el vientre de ella, mientras que la bailarina se vio movida por el impulso de querer conocer sus versos y empezó a tener una visión más surrealista de la vida. Los dos eran bohemios, pero querían contar con otra alma bohemia para compartir ciertas noches.

            Ella había cumplido tres siglos de bondad y de belleza, mientras él caminaba por la segunda centuria de una vida como carpintero hebreo. En  la sonrisa de ambos había un poco de la sonrisa del otro. Aquella noche no llegaron a besarse más que en las mejillas, pero la mano derecha de ella frotó la espalda de él para hacerse con algo de su poesía. A cambio, la bailarina dejó en el poeta un hechizo oriental que milenios antes había usado la reina Cleopatra. El poeta veía a la bailarina como la reina egipcia de su república bohemia. La bailarina estaba empezando a no poder dejar de ver al poeta.

            Una noche volvieron a verse y los besos se movieron en la geografía de sus cuerpos. La primera vez que fundieron sus labios de almíbar en un cóctel de dulzura, él se sintió como un soldado obligado a marcharse. Al menos, volvió pronto. Sólo habían pasado unas horas cuando el poeta regresó al lado de la bailarina vestido de niño. La bailarina tenía el caramelo que él buscaba. Los dos buscaron una forma de dar rienda suelta a aquellas miradas que ya no dejarían de cruzarse sin sonrojar ambas caras. La noche, sin avisar, se convirtió en día en algún momento que pasó desapercibido. El funcionario encargado de vigilar el buen dormir y los sueños dio el visto bueno para que la bailarina y el poeta tuvieran un buen no dormir y pudiesen tocar los sueños con las manos. Desde entonces se repiten las noches azules de estrellas blancas que cruzan sin llamar el techo de un piso circular.

            Ayer los vi sentados en una terraza, tomando cerveza antes de tomarse el uno al otro. Por el cielo vieron pasar un unicornio al que la bailarina se subió para danzar los versos del poeta. Él ya no puede escribir sin pensar en los pies de ella. Cuando la inspiración le falla, maullamos los dos gatos de su reina egipcia y el poeta sabe que la bailarina guarda secretos jeroglíficos en los laberintos de sus majestuosas pirámides. Cuando Oriente se abre para ellos, yo me asomo a la ventana a maullar con las estrellas.

 

José Ibáñez

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2 Comments Add your own

  • 1. Pilinguiña  |  25 Mayo 2008 at 4:21 pm

    Me ha encantado. Escribes de maravilla. Enhorabuena.

    Responder
  • 2. Bailarina  |  27 Mayo 2008 at 2:55 pm

    Regalas vida con tu poesía, con tu prosa y con todo tu ser…

    Responder

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