Archive for Septiembre 2008
Al filo de la madrugada
Sospechoso
Cuatro veces en un año, ése es el número de veces que la policía ha tenido a bien pedirme la documentación para cerciorarse, nunca se sabe, de que no soy ni he sido en mi vida un delincuente. Uno puede tener la mala suerte de resultar sospechoso cuatro veces en un año, también influye el vivir en un barrio obrero y el dejarse barba en un rostro tan “mediterráneo” como el mío.
Mi primera vez con la policía fue con nocturnidad y alevosía. La presunción de inocencia la perdí al caminar a oscuras por un camino a medio asfaltar en dirección a mi domicilio. Yo no tengo la culpa de que a los ayuntamientos del Aljarafe no les interese unir sus pueblos mediante líneas de autobús. La pareja policial vestida de paisano que me detuvo (porque detuvo mi marcha y ésta es una forma de detención sin esposas) empezó a hablarme de un camino transitado por… muy frecuentado por… y otras frases del mismo estilo en las que esperaban que yo fuera tan tonto como para incluir la palabra traficante, que era la que ellos no querían decir. Pero no te dejan en paz mientras comprueban tu documentación (nosotros también podemos comprobar la suya si un policía nos pide que nos identifiquemos porque sí), sino que te preguntan hasta la saciedad si alguna vez has estado detenido. ¿Para qué le preguntan a uno algo que ellos averiguan a través del walkie-talkie? Mi teoría es que aprenden más de Hollywood que de la Academia de Policía.
Tardé mucho tiempo en volver a pasar por aquel camino transitado por… No quería volver a ser sospechoso de no sé qué cosa. La segunda vez fue la más espectacular. En unos días se iba a celebrar una cumbre de la OTAN en Sevilla y todo el mundo parecía terrorista. Yo viajaba con un amigo en su coche y Antonio Moreno iba en el suyo con otro amigo, en un tercer coche pasaron unas cuantas chicas. El control policial sólo lo pasamos los hombres. Había pinchos en la carretera para que nadie pudiera salir pitando, algunos agentes de la seguridad y el orden del Estado llevaban metralletas y otros mostraban con descaro esos objetos tan peligrosos que eufemísticamente se llaman armas ligeras (será por lo ligero que matan). Creo que me registraron hasta la cera de los oídos. Nos prohibían pasar de una línea imaginaria y, mucho menos, acercanos a nuestros amigos o al vehículo. Después de un registro así, lo mejor era emborracharse (sólo los copilotos, claro).
La tercera vez fue la semana pasada. No sé de qué se me acusaba, pero otra pareja policial vestida de paisano sacó su brillante placa delante de mis narices y me pidió la documentación interrumpiendo mi lectura. ¿Qué había hecho yo para merecer eso? Leer sentado a la entrada de la Estación de autobuses de El Prado de San Sebastián en medio de una calurosa tarde de Sevilla. No tuve más remedio que tomármelo a guasa. Al menos, mi pareja llegó tarde a nuestra cita, eso la salvó de ser también molestada por quienes velan por nuestra seguridad de manera tan diligente.
La cuarta vez también fue la semana pasada, el domingo, pero esta vez sí que a mi pareja le tocó pasar el mal rato conmigo. Fue en la estación de autobús de Algeciras. Veníamos de Tánger, de pasar el fin de semana, y levantamos la sospecha de cuatro policías por el simple hecho de dirigirnos hacia el autobús con destino a Sevilla con una maleta, una mochila y dos bolsos de mano entre los dos. Ya al salir de ferry nos pidieron el pasaporte dos veces seguidas en menos de 15 metros (¿nos tocó por simple estadística? cuánta casualidad). Esta última vez ha sido la más bochornosa y la más estúpida.
-Buenas tardes, documentación, por favor. ¿De dónde son?
-De Sevilla
-¿Dónde van?
-A Sevilla (esto lo dijimos gritando al unísono).
-¿De dónde vienen?
-De Tánger (aquí gritamos más que en la anterior respuesta).
Después de un interrogatorio tan lamentable (¿es que alguien que sale de Algeciras en bus no viene de Tánger? ¿alguien va a Algeciras a otra cosa que no sea entrar en África?), nos registraron todo (en el cuarto de baño, hombre, así uno pasa menos vergüenza). Varias veces me preguntó el policía que me tocó en gracia si había tenido alguna vez algo con ellos. ¿Se estaría insinuando? Quizás me puso ojitos, pero yo no me hubiera dejado ligar por semejante espécimen. Dos veces, porque nunca un es suficiente, me preguntó fumar, si fumas ¿no? Me lo preguntó a mí que huyo del humo del tabaco como si fuera la peste. Tras comprobar mis libros, los mil bolsillos de mi maleta, cachearme dos veces de arriba abajo, una nunca es suficiente, me dejaró salir y encima se quiso hacer el gracioso diciendo que no quería tener la culpa de hacerme perder el autobús. ¿Y si lo hubiera perdido? ¿Me habría llevado él en su vehículo patrulla hasta mi casa?
Mi pareja tardó más en salir del baño, a ella la registraron por más partes. La registraron hasta por una parte que no era de su equipaje, sino de su cuerpo. El derecho a la intimidad vale menos que cualquier alijo de droga que pueda incautarse.
No sé cuándo será la próxima vez que un agente de la seguridad y el orden del Estado vuelva a considerarme sospechoso de algo sin decirme de qué se me acusa, pero espero que estén tomando buena nota de sus actuaciones conmigo hasta ahora. Ya han apuntado mi dni 3 veces y mi pasaporte otra vez más (la última) en su lista de registros. Supongo que, como no han encontrado nada que me comprometa, me estarán apuntando en su lista de niños buenos.
Sigo siendo inocente hasta que se demuestre lo contrario.
4 comments 29 Septiembre 2008
De los momentos tristes
Hay veces que la vida se vuelve gris. Los nubarrones de la tristeza acechan la armonía interior. Te vuelves oscuro, ausente, con la sensación de estar sesgado en tu naturaleza. Hay veces que tu mirada se empequeñece y tus metas se alejan por momentos. Los sueños parecen inalcanzables. Te sientes impotente, casi débil, con la incertidumbre de un futuro incierto. Hay veces que tu alma necesita vida. Buscas desesperado una bocanada de aire fresco, mientras te inunda la angustia de sentirte asfixiado. Tu mundo se cae a pedazos mientras asistes atado a su propia agonía. La tristeza es un arma implacable, pero no invencible. La tormenta se incorpora a tu vida con el descaro de una muerte anunciada. Andas cabizbajo, sin ganas, maldiciendo al brujo que te mandó un mal de ojos. Te preguntas por tu maldita infortuna, mientras tu cegara te impide poner remedio a tus males. Somos dueños de nuestro presente, y en el futuro, se nos conocerá por nuestros actos. Las calles se estrechan impidiéndote ver la salida. Caminas con cuidado entre los escombros, tratando de no resucitar viejas heridas. Recuerdas el pasado nostálgico, como si el futuro no fuera a tener momentos tan inolvidables. El cuerpo se debilita, el alma empieza a agonizar, y al momento de caer de rodillas, la fuerza de tu orgullo te hace renacer.
Un día la vida se te vuelve a inundar de amaneceres. El alba te trae nuevas ganas, el sol es tu compañero. La luz de sus rayos te atraviesan y tus ganas de vivir triunfan sobre tu tristeza. La armonía vuelve a tu mente, y el sentimiento resurge fortalecido. Alzas la cabeza seguro de ti mismo, sacas pecho, y afrontas la vida con la naturalidad de un ser conmovido por ella. Disfrutas su azar, su mágica realidad, su innegable superioridad eterna. Te envuelves de ella con la pasión de un roce entre amantes. La agarras con la fuerza de un hambriento. La vida vuelve para sorprenderte. Y tú te dispones a navegar por ella con la valentía de un aventurero. Descubres nuevos mundos, te impregnas de nuevas metas. No hay más remedio que levantarse tras ser herido. Esperar sentado no es una opción. El camino está hecho, tú decides cómo recorrerlo.
Juanma Walls
4 comments 5 Septiembre 2008